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xoves, 27 de novembro de 2014

Un proyecto para vivir y un proyecto para resistirse


Pasolini frente a la Tumba de Gramsci
Las cenizas de Gramsci fue escrito en 1957, acaso en el momento álgido de la irrupción de Pasolini dentro de la escena pública italiana, tal vez en el momento en que su figura adquiere un sentido más teatral y más irresistible.
Pero en ese momento central al que me refiero, Pasolini no se presenta solo sino acompañado de Gramsci (la tumba*), rescatando de él sus cenizas que, como todo el mundo sabe, son un fuego guardado y quieto, una llama dormida, siempre a punto de arder de improviso.
Si Pasolini hubiese sido Marcel Proust, (...)
Pero nadie más alejado de la nostalgia que Pasolini, de ahí que el gesto de presentarse en medio de la vida pública de Italia como un caballo desbocado, o más en su gusto, como un perro callejero y rabioso, en compañía de otro proscrito llamado Antonio Gramsci, ya nos indica por dónde iban sus intenciones o las intenciones de ambos.
Se ha querido ver que a través de Gramsci Pasolini adquirió un sentido político de la existencia, abandonó a Dante y al decadentismo y, de alguna forma, ideologizó sus horizontes creativos y vitales. Sin embargo, pienso que lo que verdaderamente aprendió Pasolini de Gramsci fue una forma de ser herético, un cauce, un nombre y un compañero para atravesar cualquier modalidad de apostasía.
En este sentido, si Masaccio le permitió descubrir la sombra y el pueblo le mostró las luces de las luciérnagas, Gramsci le aportó la herejía necesaria para romper con la iglesia cristiana y con la iglesia del comunismo.
Así, como una especie de Prometeo incinerado, Gramsci le entregó a Pasolini una antorcha de cenizas, un fuego de oscuridad y luz con el que incendiarlo todo, incluida la razón y, sobre todo, uno mismo.
Nunca abandonó Pasolini ese sentido proscrito, enfermizo, acorralado y furioso que comprendió de Gramsci y, por lo tanto, nunca dejaría Pasolini de ser la encarnación de Gramsci en la tierra, la ceniza hecha carne, hecha deseo y hecha violencia.
Valentín Roma
*la tumba, nota miña