sábado, 2 de xuño de 2012

"Tenta combatir o medo, téntao!"


[Título-cita extraída da realidade. Gracias a Ch. polos folgos para cambiar de etapa,  e a o mini(e ao grande)Ch. polo inmenso empurrón vital cada día.]


¡¡¡Sola no puedes, con amigas sí.!!!

¡¡¡Nos tocan a una, nos tocan a todas!!! 

¡¡¡No tenemos miedo!!! 

(Berros nas manis) 



Se volvió y se dirigió a la Puerta del Gran Enigma.

Urgl vio su figura erguida, con el manto ondulante, desaparecer entre las rocas. Corrió tras él y gritó:

-¡Mucha suerte, Atreyu!

Pero no supo si él la había oído. Mientras volvía a su pequeña caverna, con sus andares de pato, refunfuñó para sí:

-La va a necesitar... Realmente, va a necesitar mucha suerte.


Atreyu se había acercado hasta unos cincuenta pasos de la puerta de roca. Era mucho más enorme de lo que se había imaginado desde lejos. Detrás estaba la llanura totalmente yerma, que no ofrecía a la vista ningún apoyo, de forma que la mirada se precipitaba como en el vacío. Delante de la puerta y entre las dos pilastras, Atreyu vio innumerables calaveras y esqueletos. Restos de los más diversos habitantes de Fantasia que habían intentado atravesar la puerta y se habían quedado petrificados para siempre por la mirada de las esfinges.

Pero no fue eso lo que hizo que Atreyu se inmovilizara. Lo que lo detuvo fue el aspecto de las esfinges.

Atreyu había vivido mucho en su Gran Búsqueda, y había visto cosas magníficas y espantosas, pero hasta aquel momento no había sabido que ambas clases de cosas pueden unirse, que la belleza puede ser horrible.

La luz de la luna bañaba a aquellos dos seres colosales que, mientras Atreyu se dirigía lentamente hacia ellos, parecieron crecer hasta el infinito. Le parecía como si sus cabezas llegaran hasta la luna, y la expresión con que se miraban mutuamente parecía cambiar con cada paso que él daba. A través de sus altos cuerpos y, sobre todo, a través de sus rostros de rasgos humanos, corrían y palpitaban corrientes de una fuerza terrible y desconocida como si las esfinges no estuvieran simplemente allí, como está el mármol, sino que, a cada momento, estuvieran a punto de desaparecer y, al mismo tiempo, se crearan de nuevo a sí mismas. Y era como si, precisamente por eso, fueran mucho más reales que cualquier roca. Atreyu tuvo miedo.

No era tanto miedo al peligro que lo amenazaba; era un miedo que procedía de sí mismo. Apenas pensaba en que -en el caso de que lo alcanzase la mirada de las esfinges- se quedaría para siempre hechizado y paralizado. No, era el miedo a lo incomprensible, a lo desmesuradamente grandioso, a la realidad de lo prepotente lo que hacía sus piernas cada vez más pesadas, hasta que le pareció tenerlas de plomo frío y gris.

Sin embargo, siguió adelante. No miró más hacia arriba. Mantuvo la cabeza baja y anduvo muy lentamente, paso a paso, hacia la puerta de roca. Y el peso del miedo que quería clavarlo al suelo fue cada vez más poderoso. Sin embargo, Atreyu siguió adelante. No sabía si las esfinges tenían los ojos cerrados o no. No podía perder tiempo. Tenía que arriesgarse a que le permitieran la entrada o aquel fuera el fin de su Gran Búsqueda.

Y precisamente en el instante en que creía que toda su fuerza de voluntad no bastaría para impulsarlo a dar otro paso más, oyó el eco de ese paso en el interior de la puerta de roca. Y al mismo tiempo todo su miedo lo abandonó, tan total y absolutamente que se dio cuenta de que, a partir de entonces, nunca más tendría miedo, pasase lo que pasase.

Levantó la cabeza y vio que tenía la Puerta del Gran Enigma a sus espaldas. Las esfinges lo habían dejado pasar. Delante de él, a una distancia de unos veinte pasos, estaba ahora, donde antes sólo se había visto la llanura vacía y sin fin, la Puerta del Espejo Mágico. Era grande y redonda como una segunda media luna (porque la verdadera seguía estando alta en el cielo) y brillaba como plata pulida. Resultaba difícil creer que pudiera pasarse precisamente a través de aquella superficie de metal, pero Atreyu no titubeó un segundo. Contaba con que, como había descrito Énguivuck, se le aparecería en el espejo alguna imagen espantosa de sí mismo, pero aquello -al haber dejado atrás todo miedo- le parecía sin importancia.

No obstante, en lugar de una imagen aterradora vio algo con lo que no había contado en absoluto y que tampoco pudo comprender. Vio a un muchacho gordo de pálido rostro -aproximadamente de la misma edad que él- que, con laspiernas cruzadas, se sentaba en un lecho de colchonetas y leía un libro. Estaba envuelto en unas mantas grises y desgarradas. Los ojos del muchacho eran grandes y parecían muy tristes. Detrás de él se divisaban algunos animales inmóviles a la luz del crepúsculo -un águila, una lechuza y un zorro- y un poco más lejos relucía algo que parecía un esqueleto blanco. No podía saberse con exactitud.


Bastián tuvo un sobresalto al comprender lo que acababa de leer. ¡Era él! La descripción coincidía en todos los detalles. El libro empezó a temblarle en las manos. ¡Decididamente, la cosa estaba yendo demasiado lejos! No era posible que en un libro impreso pudiera decirse algo que sólo se refería a aquel momento y a él. Cualquier otro leería lo mismo al llegar a ese lugar del libro. No podía ser más que una casualidad increíble. Aunque, sin duda, era una casualidad extrañísima.

-Bastián -se dijo a sí mismo en voz alta-, estás como una cabra. ¡Haz el favor de dominarte!

Había intentado hablar en el tono más firme posible, pero su voz temblaba un poco, porque no estaba totalmente convencido de que fuera sólo casualidad.

«Imagínate», pensó, «lo que ocurriría si en Fantasia supieran realmente algo de ti. Sería fabuloso.»

Pero no se atrevió a decirlo en voz alta.


Sólo una pequeña sonrisa de asombro se dibujó en los labios de Atreyu al entrar en la imagen del espejo... Estaba un poco asombrado de que le resultara tan fácil lo que a otros les había parecido insuperable. Sin embargo, mientras entraba sintió un extraño y cosquilleante estremecimiento. Y no sospechó lo que en realidad le había ocurrido.

En efecto, cuando estuvo al otro lado de la Puerta del Espejo Mágico, había perdido todo recuerdo de sí mismo, de su vida anterior, de sus objetivos y sus intenciones. No sabía ya nada de la Gran Búsqueda que lo había llevado hasta allí y ni siquiera recordaba su propio nombre. Era como un niño recién nacido.

Delante de él, a una distancia de unos pasos, vio la Puerta sin Llave, pero Atreyu no se acordaba de ese nombre ni de que había tenido la intención de atravesarla para llegar al Oráculo del Sur. No sabía en absoluto lo que quería o tenía que hacer, ni por qué estaba allí. Se sentía ligero y muy alegre, y se reía sin motivo, de simple contento.

La puerta que vio ante sí era pequeña y baja como un portillo, y se alzaba aislada -sin muros que la rodeasen- sobre la superficie yerma. Y la hoja de aquella puerta estaba
cerrada.

Atreyu la contempló durante un buen rato. Parecía estar hecha de un material que brillaba como el cobre. Era bonita, pero Atreyu perdió el interés al cabo de un tiempo. Rodeó la puerta y la contempló por detrás, pero su aspecto no se diferenciaba del que tenía por delante. Tampoco tenía picaporte, ni pomo, ni agujero de cerradura. Evidentemente, la puerta no estaba hecha para ser abierta, ni tenía sentido hacerio, ya que no conducía a ninguna parte y se limitaba a estar allí. Porque detrás de la puerta sólo estaba la llanura extensa, pelada y totalmente vacía.

Atreyu tuvo ganas de irse. Se volvió, fue hacia la redonda Puerta del Espejo Mágico y contempló su parte trasera durante algún tiempo, sin comprender lo que significaba. Decidió marcharse.


-¡No, no! ¡No te marches! -dijo Bastián en voz alta-. Vuelve, Atreyu. ¡Tienes que atravesar la Puerta sin Llave!


Sin embargo, luego se volvió otra vez hacia la Puerta sin Llave. Quería mirar otra vez aquel resplandor cobrizo. De manera que se situó ante la puerta, se inclinó a izquierda y derecha y disfrutó. Acarició suavemente el extraño material. Parecía caliente y hasta vivo al tacto. Y la puerta se abrió parcialmente.

Atreyu metió la cabeza y vio algo que antes, al rodear la puerta, no había visto al otro lado. Sacó la cabeza y miró al otro lado de la puerta: sólo la llanura desnuda. Miró otra vez por la abertura y vio un largo corredor, formado por innumerables columnas poderosas. Y detrás había escalones y otras columnas y terrazas, y más escaleras y todo un bosque de columnas. Sin embargo, ninguna de aquellas columnas soportaba nada. Porque encima podía verse el cielo nocturno.

Atreyu atravesó la puerta y miró a su alrededor extrañado. Detrás de él, la puerta se cerró.








Michael ENDE, La historia interminable, Alfaguara, 1988. 

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